Al atardecer, la montaña de Montjuïc se transforma en un espacio íntimo, lejos del ruido y del movimiento constante de la ciudad.
Esta sesión en solitario nace de caminar sin prisa, observando cómo la luz se desliza sobre la piel, los árboles y el horizonte.
Las imágenes no buscan protagonismo, sino presencia: estar ahí, sentir el momento y dejar que el tiempo pase frente a la cámara. Una historia sencilla, construida desde la calma y la atmósfera.